Bernardí ROIG

prácticas de atención III (movimiento)

  • AÑO: 2008
    DIMENSIONES: 150 x 50 x 25 cm
    TÉCNICA: resina, hierro y fluorescente
    MODALIDAD: instalacion
  • SNIF, SNIF…

    No pudiendo ser de otra manera y debido a la gravedad de los hechos; no Ernst, el perfumista, sino Hans, el hombre de la chaqueta amarilla, retorció su nariz en dirección a las agujas del reloj y la exprimió como si fuese un limón sin apenas comprender la complejidad de los acontecimientos.
    ¿A que huele la luz? Se preguntaba. Y esa idea martilleaba, una y otra vez, su cerebro malherido por las circunstancias.
    Ernst, esta vez si, disimulaba su malestar porque sabia que la luz, sólo huele a los pensamientos que la visión puede atrapar y que la oscuridad puede mentir pero no huele a nada. O eso creía.
    Como es sabido, las moscas pueden oler la luz, porque ellas, las moscas, son capaces de decodificar y procesar las señales eléctricas que interpreta algún ganglio de su pequeño cerebro. El olor para una mosca -no para Hans, el hombre de la chaqueta amarilla- se da por la polarización de sus neuronas olfativas que a su vez depende de la detección de una molécula volátil por parte de algún receptor de sus membranas.
    Perplejo, Ernst, el perfumista, pero no sorprendido, decidió, como si fuese una mosca, hacer la prueba con su nueva nariz electrónica que le acaban de implantar en una clínica de Houston.
    Fue entonces -la tarde ya estaba acariciando la piel de la noche- cuando ocurrió lo que no debía de haber ocurrido: Ernst estornudó, delante de una potentísima luz fluorescente, sin cerrar los ojos, lo que, como suele ocurrir, le dejo ciego por unos instantes.
    Una vez recuperado de la falta de visión comprendió que su cabeza había disminuido de forma extremadamente preocupante. Alarmado buscó un espejo y vio que su cabeza se había convertido en la cabeza de una mosca.
    Hans se echó a reír con los ojos bien cerrados por temor a que la risa también pudiese convertir su cabeza en la cabeza de una mosca. Obviamente no fue así, lo cual confirma la famosa teoría del Dr. Fritz del Massachusetts Institute of Technology de que, a día de hoy, no hay una base cientifica lo suficientemente sólida que vincule el olor con la risa y el estornudo, pero si, aunque no sobradamente desarrollada, con la luz.

    Bernardí Roig

  • Exposiciones

    - SINESTESIA. colección olorVISUAL
  • la cárcel del rostro

  • AÑO: 1999
    DIMENSIONES: 49 x 15 x 40 cm / 100 x 70 cm
    TÉCNICA: mixta / carbón y cenizas sobre papel
    MODALIDAD: instalacion
  • Como no podría ser de otra manera, y una vez asumida la insubordinación de los afectos, el catedrático Ernst‐Rudolph Mayer de la universidad de Princeton declaró, casi sin pestañear, que la cara era, sin duda alguna, el rostro del deseo insatisfecho. El silencio, en el auditorio, fue ensordecedor. Nadie, ni los más atrevidos, osaron, no ya abrir la boca sino tan siquiera pestañear.

    El silencio consiguió petrificar el tiempo y los instantes en sucesión fueron embalsamados. La frase del catedrático Ernst‐Rudolph Mayer de la universidad de Princeton había atravesado por completo aquel lugar y había perforado de tal modo los aparatos auditivos del público que la parálisis fue definitiva.

    Pero, tal y como ya nos tienen acostumbrados los acontecimientos, alguien −no el más osado, ni el de mayor coraje, ni por supuesto el más valiente, no, sólo alguien que podría ser cualquiera− movió, casi sin darse cuenta, la aleta derecha que circunda su fosa nasal y olió el silencio. Ese pequeño gesto, por otra parte natural, provocó un estruendo monstruoso que fue el principio del fin de la hegemonía del pensamiento sobre el olfato. Y a partir de ese instante fundador y absolutamente revolucionario ya nada fue lo mismo en las sociedades del capitalismo avanzado. Evidentemente, el hombre que movió, casi sin darse cuenta, la aleta derecha que circunda su fosa nasal y olió el silencio fue condenado de por vida a llevar la nariz en una jaula y, como suele ser obvio en estos casos, convertido en líder y posteriormente en mártir de la Liga de los Hombres que Huelen las Cosas. Y la historia lo absolvió… pero eso es otra historia.

     

    Bernardí Roig

  • Exposiciones

    - olor de Málaga. Percepciones olfativas de colección olorVISUAL
  • Compartir/share: Email this to someoneShare on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+