Jordi MITJÀ

columna fracturada (monument. lladres del filferro)

  • AÑO: 2012
    DIMENSIONES: 142 x 34 x 32 cm
    TÉCNICA: hormigón, tela de gallinero y dm
    EDICIÓN:
    MODALIDAD: escultura
  • Instrucciones de uso para una columna fracturada

    Jordi Mitjà, 2013

    Hace mucho frío y me doy cuenta de que no tengo agua corriente en el taller. A pesar de las adversidades, decido empezar a hacer el encofrado. Utilizo los excedentes de madera de una tarima que hemos construido a mano para el espacio 13. Las tablas de pino negro[1] son demasiado finas pero todavía no soy consciente de la fuerza que ejercerá el hormigón dentro del encofrado. La medida de la columna vendrá determinada por la longitud de las traviesas, un metro y cincuenta centímetros, aproximadamente. De ellas saldrá una viga pequeña con las texturas de la madera, pequeños nudos, cortes e imperfecciones. Esta es la idea. Sigo consolidando la caja con clavos; conforme los clavo, voy entrando en calor. En el exterior luce un sol tímido.

    Enrosco en el encofrado una tela vieja de gallinero, la encontré en el bosque de Can Sis Rals[2]. Con la ayuda de un alambre[3] y de un pasamano, ato el extremo de la tela y lo sujeto encima de la caja. Este acto previsor servirá para que la tela no se hunda cuando vierta la pasta. Preparo la hormigonera, es la primera vez que uso un aparato de estos, infunde respeto. La enchufo y compruebo que la máquina gira correctamente. Tengo dos carretillas preparadas, una de arena[4] que he pasado por un cedazo y la otra de hormigón.[5] En el almacén en el que he comprado los materiales me han aconsejado una proporción de 4 partes de arena por una de hormigón, yo opto por una proporción de 4 a 2 para asegurarme el tiro. Empiezo a hacer la mezcla con agua del vivero, antes he tenido que romper la capa de algas.[6] Nadie me ha hablado de la cantidad de líquido, relleno la hormigonera a ojo. Vierto el material con ayuda de una pala, una nube de polvo fino se escapa del tambor y me aparta literalmente de la boca.

    Aprovecho para echar un bocado, oigo cómo gira la máquina. Una vez hecha la mezcla, relleno el encofrado hasta la línea de la caja. La tengo apuntalada para equilibrar el peso, parece un trabajo profesional, da gusto verlo. Por suerte, uno de los laterales cede –debido a la presión- y empieza a esparcirse con parsimonia un montón de pasta. Lo hace a cámara lenta, miro la escena como quien asiste a un espectáculo. El hormigón se escapa y avanza como la lava de un volcán, constato que una parte de la estructura de tela quedará a la vista. En algún punto del desastre el hormigón se para, quiero suponer que por algún grumo divino. Cierro la puerta y en un primer momento descarto la escultura. Unos días más tarde, una vez desmontado el molde, aparece esta columna fracturada. En este punto, me doy cuenta de que tengo el eje central del proyecto que estoy construyendo.

     

    [1] Las traviesas de pino negro las conseguí como material sobrante de la construcción del AVE en la frontera con Francia. Cuando las serrábamos nos maravillaba su olor a resina, un olor limpio y agradable que invita a respirar profundamente. Serramos aproximadamente una tonelada de pino para hacer el entarimado de la exposición. Es como haber respirado un trocito de bosque, latente.

    [2] El proyecto se inició a partir del conocimiento del trabajo de Josep Pujiula y sus construcciones en el bosque de Can Sis Rals en Argelaguer. Partiendo del conocimiento y adaptación de sistemas constructivos de este personaje es como llego a la concepción del proyecto Monumento. Ladrones de alfiler para el espacio 13 de la Fundació Joan Miró. Este bosque tiene olores distintos en función de la época del año, modulados por el hecho de que baje o no agua.

    [3] Las manos de Josep huelen a óxido. Con mucho de alfiler y clavos, Josep ha construido la mayor parte de las torres, barracas y laberintos del bosque. Estos materiales al oxidarse desprenden un olor ácido que se impregna al trabajarlos y se queda pegada durante días.

    [4] Utilizo arena del lecho de los ríos. Lo aprendí de Josep que siempre la utiliza para sus construcciones con hormigón.La arena marina es malísima para trabajar. En las paredes hechas con arena de playa aparece esa salinidad que las impregna de un moho blanco, enfermizo.

    [5] El hormigón tiene uno de esos olores asfixiantes cuando lo respiras y reseca la garganta. Ahora entiendo por qué la gente que trabaja con él está constantemente sedienta.

    [6] El agua estancada se pudre y huele a vida en descomposición, apesta de forma selvática.

  • Exposiciones

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